lunes, septiembre 26, 2011

Mocha" corta

Por c.  Aurelio Pastor


Cuando en julio pasado Ollanta Humala anunció la conformación de su gabinete, la primera ministra a la que vimos luciendo su fajín a través de su cuenta de Facebook fue a la encargada del Ministerio de la Mujer, Aída García Naranjo, quien resplandecía de alegría frente al encargo. Entonces no podía imaginar que menos de 2 meses después gran parte de la opinión pública y del propio Parlamento solicitarían su alejamiento del sector, consternados por la absurda muerte de 3 inocentes niños por ingerir alimentos que "para ayudarlos" les enviara el propio gobierno.

Lo sucedido la semana pasada en el caserío Redondo de Cajamarca es sumamente grave, por tratarse de la vida de inocentes niños que forman parte del segmento más sensible del país, en donde la pobreza, la desnutrición y la necesidad golpean con más fuerza, y en donde el gobierno en todos sus niveles debería prestar diligente atención. Más aún viniendo de un gobierno que durante la última campaña electoral cuestionó con insistencia la "supuesta" indiferencia de su antecesor y se comprometió a velar por que ello no se repita.
Los más pobres han terminado siendo las primeras víctimas de este gobierno, de su incapacidad e improvisación y de su abuso argumental para evadir responsabilidades. Porque si las muertes ya son reprobables, peor resulta el comportamiento que han tenido las principales autoridades para tratar de evadir sus responsabilidades.

Primero culparon a las propias madres señalando que habían utilizado envases con residuos de pesticidas, lo cual ya fue desmentido. La humildad de los pobladores no impide que tengan suficientes conocimientos de los insumos que utilizan. Pero mientras compartían su dolor con la necesidad de rechazar las acusaciones del propio ministerio, la ministra, como queriendo decirnos que nada pasó, zapateaba de alegría de la mano del Puma Carranza. "Estoy triste", dijo, "pero no puedo dejar de celebrar otras buenas noticias" (plop), y siguió bailando.
Por su parte, y con evidente intención delictiva, el jefe del Pronaa, nombrado por la ministra, ofrecía a las atribuladas familias S/.150 "por muerto", como si un poco de sucio dinero fuera suficiente para reemplazar a los pequeños.

Tamaña afrenta, que ofende no sólo a las víctimas sino a todos los peruanos, ha tratado de ser solucionada destituyendo al sinvergüenza. Pero falta la investigación para establecer responsabilidades administrativas y penales (incluyendo la del frustrado soborno), y falta también que la ministra entienda que su gestión ya acabó.
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