lunes, septiembre 05, 2011

"Cusí cusá"

Por el c. Aurelio Pastor
Fuente Diario CORREO

Ahora que la gastronomía constituye el principal orgullo nacional, es importante recordar que conocer de cocina no significa necesariamente saber de nutrición, que ser un buen futbolista no lo hace a uno un buen entrenador, y que ser un magnífico cantante tampoco lo convierte en un gran músico.

En política pasa lo mismo. Ser un recurrente crítico no convierte a uno en experto en políticas públicas, menos en un país como el Perú, en donde para ser eficaz frente a las urgencias se requiere tener conocimiento, criterio y, sobre todo, temple para asumir responsabilidades y tomar decisiones.

Leer el último artículo de León Trahtemberg, sobre la infraestructura escolar durante el gobierno aprista, me dejó la misma sensación. Resulta injusto descalificar lo obtenido mirando desde un balcón distante. Los objetivos principales de la educación en el último quinquenio fueron la calidad y la equidad. Y en ambos se avanzó enormemente.

Sobre el primero, podemos recordar que se han superado largamente los indicadores existentes en comprensión lectora, razonamiento matemático, manejo informático y de idiomas, así como la calidad en ciencia y tecnología. Para ello se destinaron mayores presupuestos en mejorar la infraestructura de TODOS los colegios públicos del país, que recibieron cada año recursos económicos directamente en sus cuentas y algunos tuvieron la suerte, además, de ser considerados emblemáticos y recibir locales totalmente nuevos, con aulas más amplias y laboratorios, talleres, auditorios, coliseos, etc. debidamente implementados para un superior servicio educativo, acompañados de profesores mejor clasificados y capacitados gracias a la aprobación e implementación de la Ley de Carrera Pública Magisterial. Fueron colegios de todo el país, no solamente de Lima, como erróneamente se señala.

Para lograr la equidad, en tanto, se buscaron eliminar las brechas de desigualdad entre los colegios públicos y privados y entre los urbanos y rurales. Esto se tradujo en menores índices de analfabetismo y en mejores maestros y tecnología para los más pobres (el apoyo de computadoras llegó primero a las escuelas unidocentes), sin dejar de lado haber ampliado las metas nacionales de atención de la primera infancia sobre el promedio de la región sudamericana.

No se trató entonces de inversiones y programas dirigidos a los más acomodados, ni de elefantes blancos para llenar la vista, sino de un plan ejecutado con una clara idea de la transformación que se buscaba. Por lo demás, lo faraónico (en palabras del crítico) lo podemos apreciar ya en los resultados.
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