jueves, septiembre 08, 2011

¿El PAIS PUEDE PERDER SU ESPERANZA…?

Por c. Néstor A. Scamarone M.

Un país sin futuro ni esperanza, es un país donde se acaba toda posibilidad de progreso y estabilidad. Por eso, es de vital importancia propiciar un ambiente que llene de esperanza y oportunidad a la gran mayoría, pero una esperanza que no implique falsas promesas, discursos no cumplidos y principalmente se acaben las políticas demagógicas de los buscadores profesionales de venganzas izquierdistas de mala entraña, para estar en primeras planas…

Y decimos esto, por cuanto encontramos dos discursos en el Gobierno de Humala, uno de trabajo y metas definidas de progreso y preocupación por mantener lo logrado y alcanzado por el Gobierno del APRA y hacer prosperar a nuestro país, como lo han manifestado hasta la fecha los señores: Lerner, Velarde, Castilla, Herrera Descalzi y varios más y por otro lado algunos que cada vez que hablan siembran dudas y destrozan las esperanzas de progreso creando incertidumbre, como los señores vice presidentes, el Señor Abugatas, buscando venganzas en los sótanos del Estadio Nacional y el congresista Diez Canseco y su grupo con un discurso de izquierda “demode” de los años sesenta, quienes siembran dudas mediáticas y van ahuyentando el trabajo y la inversión de hombres y capital…

Con agresividad, odio y lucha de clases lo que se produce es violencia y pérdida de la esperanza. Se acentúa el pesimismo y se pierden las ganas de progresar. La esperanza es la confianza que los individuos ven a mediano y largo plazo de su entorno. Son muchas las variables que pueden influir en esta percepción. Cuando los individuos miden la satisfacción de algo, ésta viene reflejada en la diferencia que existe entre lo percibido y lo esperado, además del costo de dicho proceso. Por eso, en política se debe ser muy cuidadoso cuando se crean expectativas que luego no se pueden cumplir.

Con deficientes medidas políticas y económicas se mantiene dormida la iniciativa de los individuos y sus posibilidades de progreso. Por varias décadas, malos administradores –no todos por supuesto- junto a la corrupción y la viveza de unos pocos, han venido mermando la esperanza de la colectividad. Sin embargo, en lugar de sentirnos derrotados y sin ganas, debemos constantemente resurgir la esperanza en general. Somos un país que cuenta con un gran número de profesionales competentes, que bien pueden seguir guiando hasta ahora al país, hacia un futuro estable y de prosperidad y tan sólo necesitan que se les permita actuar.

No es verdad que todo está acabado como pretenden decirnos algunos sembradores de dudas del gobierno. Contamos con un Perú que a cada rato aprende de los errores del pasado y hace un viraje hacia la excelencia y la prosperidad y eso es muy fácil de comprobar en los últimos cinco años de esfuerzo y entrega aprista. Sólo necesitamos abandonar los complejos y paradigmas que representan más a sueños ideológicos, que a medidas efectistas que produzcan cambios reales.

Honestidad, trabajo, libertad, dedicación y responsabilidad en lugar de lucha de clases, facilismo, paternalismo, estatismo agobiante y mediocridad o liberalismo salvaje como decía Juan Pablo II. Esta es la vía para recuperar la esperanza que aunque disminuida está latente en cada persona de buena voluntad. No sigamos creyendo en el capitalismo de Estado y menos en el liberalismo sin fronteras ni márgenes como una solución a nuestro desarrollo. El mundo de la competitividad, de la alta eficiencia y de la capacitación demanda acciones concretas de cambios profundos y sobre todo humanistas. Tanto empresarios, trabajadores, como políticos, debemos comprometernos a generar esta transformación. Debemos comenzar por cambiar las falsas creencias de que tenemos un país rico capaz de garantizar prosperidad con tan sólo tener una justa distribución.

Para repartir tenemos que producir. Para producir debemos tener condiciones que garanticen libertad, derechos de propiedad y un Gobierno que promueva el trabajo. Luchemos por estos principios y no tengamos complejos competitivos, sino una actitud creativa y de avanzada. Basta de la comodidad y de la cultura de la muerte del liberalismo salvaje que distancia la brecha entre pobres y ricos o peor un estatismo agobiante, socialistoide, comunista o caviar, que mata la iniciativa. Fomentemos la igualdad de las oportunidades y seamos creativos en ayudar a quien quiere esforzarse y prosperar alentemos la inversión nacional y extranjera y ahuyentemos al cainita izquierdista agazapado en el gobierno, esos que “todos sabemos quienes son…” Esperanza, esperanza y más esperanza la podemos lograr, si tan sólo dejamos la apatía y nos proponemos cambiar de verdad.
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