domingo, febrero 19, 2012

Recado del corazón del pueblo por Manuel Seoane

Compañero Jefe, compañeras y compañeros:


Traigo para ti, Compañero Haya de la Torre, un recado que viene del corazón del pueblo. Fue dado en el lenguaje sin palabras con que habla el sentimiento popular. Viene de mis discurseadores compañeros parlamentarios que esta vez me miraron en silencio para darlo, y de los trabajadores periodistas de "LA TRIBUNA" que detuvieron su tecla sin decir nada. Recado del corazón del Pueblo, que llega desde el obrero de la fábrica que sabe qué nombre tiene la jornada por la lucha de las ocho horas del año 18, y que viene también del estudiante que conoce cómo nació la Reforma Universitaria del año 19. Recado del corazón del pueblo, porque me dieron sin decirlo, la firme mirada del militante sectoral, la voz esperanzada de justicia de trabajadores y de campesinos, la fe de empleados y estudiantes, la ternura constructiva de las madres y el ansia de bondad de las hermanas, las hijas y las novias, el viril optimismo de los jóvenes, la diáfana alegría de los niños, el canto de los pájaros y el rumor de las olas y el tenue estallido de las semillas bajo tierra.

Porque no es sólo el Perú espiritual el que se engalana, sino también el Perú físico, en su aire, en su mar y en su suelo, el que hoy saluda la fecha inaugural de su gran transformación. Recado del corazón del pueblo, porque ya sé que hoy abruman mi voz los encargos sentimentales que vienen de la verde Loreto de los ríos y de la tibia Tacna de las fronteras transidas, que llegan del Cuzco de Santos Huallpa, DONDE AÚN GUARDA SU DESTINO LA RAÍZ INTACTA DEL IMPERIO, y desde la blanca y soledosa tierra abierta de Trujillo, cuna y escenario del manantial sangrante del aprismo de 1932. Recado del corazón del pueblo que viene desde más allá de la vida, porque son los ocho brazos izquierdos en alto que llevaron hasta el cielo los marineritos fusilados en el trágico peñón; porque es la sombra católica de Philips y sus compañeros visitando a la muerte en las rocosas pampas ancashinas, porque son los miles de apristas que aún sobrevuelan en las enrojecidas pampas de Chan-Chan, y es la presencia tremenda de Arévalo, que ha regresado de la muerte con sus claros ojos verdes, para decir en nombre de todos lo que emprendieron el viaje sin retorno: también estamos aquí presentes, compañero Jefe.

Que otros digan o elogien el pensamiento o la acción del compañero Jefe. Yo sólo traigo un recado sentimental y emotivo. Porque éste no es un acto de definición política, de exhibición doctrinaria, de orientación polémica.

Este es un acto que parte y que llega desde las zonas más ele¬vadas y profundas que la simple coincidencia ideológica. Ya dije alguna vez, que si nos preguntaran a nosotros los apristas qué lazos nos vinculan con más rigor, responderíamos que esta especie de parentesco moral que nace de sabernos compañeros en una misma causa que, por sobre todos los requisitos, impone la condición de amor a la justicia y la limpieza en la conducta.

Por eso nuestro Partido, como se afirmó desde 1931, no es un club de compadres en busca del Presupuesto Nacional, sino una viva y firme fraternidad moral, nacida del rechazo a las injusticias morales y del amor a la empresa de transformar las bases materiales y espirituales del Perú, para tornarlo hogar de la alegría para todos los peruanos. Y porque nuestro Partido es una hermandad en la lucha, en el dolor y la victoria, ejercitamos el orgulloso derecho de dar cálida celebración a nuestro hermano mayor. Pues si alguien interrogara por qué damos este extraordinario realce al onomástico del Jefe, responderíamos que porque él es un guía y un ejemplo, y como es él, tierno y sacrificado hermano de todos, especialmente de los humildes y de los débiles, el dulce pueblo aprista esta vez, sin consulta ni Congreso, por mandato imperativo de abajo a arriba, ha resuelto consagrar de hoy en adelante y hasta CUANDO SEAMOS POLVO EN VIAJE A LAS ESTRELLAS, EL DÍA 22 DE FEBRERO COMO EL DÍA APRISTA DE LA FRATERNIDAD.
Apenas dobla por un año la larga esquina del medio siglo, y ya puede columbrarse el camino recorrido. Ahí están 30 años de vida insobornable y limpia, que nadie puede mover. Porque recuérdenlo, compañero, es fácil ser rebelde y altivo a los 20 ó 30 años, pero difícil es ser altivo y rebelde durante 20 o 30 años continuos. ¡Y cómo eran los tiempos cuando Víctor Raúl empezó la gran transformación! Yo lo recuerdo hace 28 años, cuando vino a Lima, pálido y delgado estudiante vestido de luto. Imperaba entonces una orgullosa y millonaria oligarquía, ciega y sorda a todo progreso social.
A ella le fue arrancada la jornada de las ocho horas. Después vino la burda tiranía, que manejaba el látigo en una mano y en la otra la dorada moneda para comprar conciencias. ¡Ah, cómo se le rindieron, por el chicote o el oro o por ambas cosas a la vez, muchos almidonados señorones de nuestra política tradicional! Pero el régimen de entonces tropezó con elementos nuevos, con Haya de la Torre, tallado y bruñido como un diamante, y vino el inevitable choque de conductas y mentalidades, que abrió los caminos del destierro. Allí, lejos de la patria, empezaron los germinales tiempos de tormenta, y en medio de la lucha por el pan y de la defensa de la salud, una alborada de milagros nació en el horizonte de América, hacia 1925: la estrella de cinco puntas de la doctrina aprista. El resto es historia conocida, porque está escrita en el corazón y en la esperanza de todos, especialmente esos terribles 15 años, OSCURO TÚNEL DE ABUSOS Y DE SANGRE, LARGO CALVARIO DE MUCHAS ESTACIONES, que el Jefe recorrió, orgulloso de ocupar el puesto de mayor peligro. Allí sentimos afianzarse y aumentar nuestra fraternidad. Y allí se probó, en el duro yunque de la lucha sin descanso, la fortaleza moral de un hombre de excepción.

Atacado por la enconada furia de los enemigos del pueblo, reducido muchas veces a exiguos círculos partidistas, con la sombra de la muerte rondando en su torno, perseguido o preso, amenazado siempre, rodaron los regímenes y los años tras los años, pero él no se rindió, no dobló las rodillas ni al temor, ni la estulticia encontró asidero para su tentación. Allí siguió en su puesto, con su firmeza y su valor, con su ancha ternura y su alegre optimismo, altivo y sereno en su puente de mando, seguro de llevar en sus firmes manos la esperanza misma del pueblo del Perú.

¡Cómo no vamos a quererlo con el cariño y respeto que nace espontáneamente de nuestro corazón! Sin duda debe tener algún secreto o embrujo. Porque a lo largo de su vida va amarrando voluntades y corazones al ancho tronco de su afecto. Pero en verdad, ni hay secretos, ni hay embrujo y debemos decirlo. Todos le decimos "viejo" al referirnos a él, pero viejo porque lo identificamos con esa capacidad de experiencia y de bondad que a él le llegó tempranamente, dándose el lujo de ser "viejo" desde los 40 años, cuando todos los de esa edad aproximada seguimos siendo jóvenes. Sí, no hay embrujo ni secreto.

Simple y diáfana ternura humana. PROFUNDA Y DULCE TERNURA POR EL HOMBRE COMÚN QUE HABITA BAJO EL CIELO. Algunas veces periodistas americanos indiscretos me han preguntado por qué Haya de la Torre no ha fundado un hogar. Y yo les respondo que sí tiene familia, una extraña familia, con muchas madres y esposas e hijas, y muchos padres, hermanos e hijos, una larga familia de un millón de personas, que es el pueblo aprista del Perú. Él ama a su familia como nadie.Pudo serlo todo en su vida, a poco que se lo hubiera propuesto. Pero prefirió arrastrar la pobreza y el trabajo, el peligro y la incomprensión, por servir al pueblo, que es al mismo tiempo su familia. Nadie lo supera en abnegación y en capacidad de sacrificio. Porque quizá sea necesario decirlo alguna vez. Cuando llegó la hora del amanecer, y se produjo la alegría del reencuentro, y el Partido volvió a ser visible mayoría ciudadana, la voluntad popular quiso darle el título legítimo que le concedió en 1931, y que aún aguarda la hora de su definitiva otorgación. Pero él renunció con generosidad, abnegación y sacrificio, en silencio y con unción patriótica, como nadie lo ha hecho hasta ahora, como un nuevo San Martín.

El Perú no estaba acostumbrado a estos gestos de grandeza del alma y quizá por eso todavía quienes, en clubs aristocráticos o en cerrados cenáculos antiapristas, niegan esta grandeza de alma. Pero nosotros felizmente la conocemos de cerca y por eso quere¬mos a nuestro Jefe, con la limpia y viril ternura con que quieren los hombres probados en el martirio, y aquí estamos los apristas de la vieja y la nueva guardia, todos en guardia contra la reacción, satisfechos y contentos de sentirnos juntos y unidos los cachorros y también los cachorritos, hermanos, hijos y nietos del león.
He querido, compañero Jefe, en este recado que viene del corazón del pueblo, exaltar tus virtudes y cualidades sentimentales, por que ellas son, al juicio del hombre común, la garantía más segura del amor a la justicia y a la prenda más reluciente y urgida para un político moderno en un país ensombrecido, empobrecido y necesitado de comprensión y ternura. Nuestros problemas son problemas técnicos y económicos y sociales y de mercados y de muchas otras cosas más, pero en última instancia tienen un solo y común denominador. Son problemas que muchas veces sólo necesitan un corazón bien puesto. Y porque sabemos que ES EL ÁMBITO INTERIOR DE NUESTRO JEFE Y HERMANO, aquí hemos venido todos, los presentes y los ausentes, los vivos y los muertos, en este Día de la Fraternidad Aprista, a encender las fogatas de alegría de nuestro primer 22 en libertad.

Y porque hablo en nombre de todos los compañeros del Partido, tengo la obligación de entregarte un regalo. Yo sé que no van a entenderlo ni verlo siquiera los que no son apristas. Traigo en este cofre de espíritu el viejo tesoro del aprismo. Abrimos una roja tapa de sangre y conmigo están —todos las vemos— las cuatro palabras mágicas de nuestra fortuna. Allí las puso Manuel Arévalo antes de irse hacia la muerte esa tarde del camino frente al mar. Allí están todavía intactas, lucientes, invictas hablando al pasado y al futuro. Te las traemos hoy, como nuestro mejor regalo, hecho promesa de mantenerlas y servirlas. Porque sabemos, compañero, hermano y Jefe, que nada llegará más puramente a tu corazón que saber que decenas de miles de apristas, en todo el país, van a prometer conmigo seguir cuidando el tesoro de nuestras cuatro palabras mágicas: FE, UNIÓN, DISCIPLINA Y ACCIÓN, y que miles de apristas van a repetir también, como un regalo de fraternidad y de fe aquellas frases tibias que trajiste del destierro, que has realizado en la vida y que son ahora prenda gloriosa de nuestra causa.

Repitamos una vez más, compañeross los hombres probados en el martirio, y aquí estamos los aprlstas de la vieja y la nueva guardia, todos en guardia contra la reacción, satisfechos y contentos de sentirnos juntos y unidos los cachorros y también los cachorritos, hermanos, hijos y nietos del león.
He querido, compañero Jefe, en este recado que viene del corazón del pueblo, exaltar tus virtudes y cualidades sentimentales, por que ellas son, al juicio del hombre común, la garantía más segura del amor a la justicia y a la prenda más reluciente y urgida para un político moderno en un país ensombrecido, empobrecido y necesitado de comprensión y ternura. Nuestros problemas son problemas técnicos y económicos y sociales y de mercados y de muchas otras cosas más, pero en última instancia tienen un solo y común denominador. Son problemas que muchas veces sólo necesitan un corazón bien puesto. Y porque sabemos que ES EL AMBITO INTERIOR DE NUESTRO JEFE Y HERMANO,aquí hemos venido todos, los presentes y los ausentes, los vivos y los muertos, en este Día de la Fraternidad Aprista, a encender las fogatas de alegría de nuestro primer 22 en libertad.

Y porque hablo en nombre de todos los compañeros del Partido, tengo la obligación de entregarte un regalo. Yo sé que no van a entenderlo ni verlo siquiera los que no son aprlstas. Traigo en este cofre de espíritu el viejo tesoro del aprismo. Abrimos una roja tapa de sangre y conmigo están -todos las vemos- las cuatro palabras mágicas de nuestra fortuna. Allí las puso Manuel Arévalo antes de Irse hacia la muerte esa tarde del camino frente al mar. Allí están todavía intactas, lucientes, invictas hablando al pasado y al futuro. Te las traemos hoy, como nuestro mejor regalo, hecho promesa de mantenerlas y servirlas. Porque sabemos, compañero, hermano y Jefe, que nada llegará más puramente a tu corazón que saber que decenas de miles de apristas, en todo el país, van a prometer conmigo seguir cuidando el tesoro de nuestras cuatro palabras mágicas: FE, UNION, DISCIPLINA Y ACCION, y que miles de apristas van a repetir también, como un regalo de fraternidad y de fe aquellas frases tibias que trajiste del destierro, que has realizado en la vida y que son ahora prenda gloriosa de nuestra causa.

Repitamos una vez más, compañeros: en la lucha, HERMANOS... en el dolor, HERMANOS... y en la victoria, HERMANOS."
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