lunes, marzo 12, 2007
Como hemos advertido al estudiar el periodo anterior (1970 – 1990), la política organizada e ideológica está en retroceso. La población ha dejado de tener fe en el Estado y en las organizaciones políticas preestatales, como los partidos. La población se organiza en instituciones prácticas y segmentarias, para finalidades concretas y casi inmediatas. Ese era el proceso ya iniciado. Pero desde 1990, dos fenómenos se añadieron a esa tendencia fortaleciéndola por los siguientes diez años.
En primer lugar, el gobierno dictatorial subrayó la incapacidad o insuficiencia de los partidos políticos y de la política, afirmando la eficiencia del Libre Mercado y la capacidad operativa y casi militar de un régimen vertical, sin opinión en contra. Además, la captura del jefe terrorista mostró la decisión y celeridad del régimen, lo que también se probó al revincular la economía peruana con las finanzas internacionales. Según la propaganda oficial, vertida entusiastamente por los periodistas que sostuvieron a la dictadura, los partidos eran responsables de los problemas, del agotamiento del ciclo anterior, del desempleo, del terrorismo, de la corrupción, etc. Y ello conjugó a la población a reforzar su actitud de negación y antipolítica.
No era claro, la primera vez que un régimen autoritario decretaba la muerte de los partidos y el fin de la política. Pero ahora, un factor, antes desconocido, vino a dar enorme fuerza a la Antipolítica, a la negación de los partidos. Fue la revolución de la información que estaba ya impulsando la ampliación del mercado mundial el nacimiento de una cultura de contenidos mundiales que en todos los países puso en cuestión a las ideologías y las organizaciones.
Porque como consecuencia del impulso tecnológico de la información, de la difusión de los teléfonos celulares, del internet personalizado y del aumento noticioso a través de los satélites, la información es hoy, mucho mayor que hace 10 años, pero también lo es la influencia de esa información en cada ser humano. Cada individuo está en comunicación directa con la noticia, con la información comercial y productiva, con la información cultural y educativa. Eso tiene una consecuencia fatal para la política organizada y masiva. Así como en el siglo XVI el derecho a la libre interpretación de la Biblia por cada uno, proclamada por Martín Lucero, disminuyó el rol intermediario de la Iglesia y de los sacerdotes que antes eran los únicos lectores posibles de la Biblia, y echó las bases del individualismo después democrático; así también ahora, el contacto directo con las noticias y la información inmediata tiene dos efectos aún en las sociedades de bajo nivel económico como el Perú. De un lado, produce un rechazo a toda organización cerrada, ideología completa o conducta ritual pues el ciudadano evita todo intermedio entre él y la realidad que él mismo puede interpretar. Pero en segundo lugar ese “estar comunicado” que podría caracterizar al ser de este tiempo como “homo comunicandis” le da una percepción del espacio y del tiempo de carácter instantáneo y ubicuo.




